Monthly Archives: March 2002

Disfraz

Lo más difícil eran las botas de caña alta. Vio la lista de almacén, clarito decía, “ponerse las botas antes que el cinto”, También se adosó la cola de gata y el antifaz. Bajó sin demasiados artilugios ni premuras no sin antes recordar el sabor a whisky que hay en la botella mitad color caramelo. Cuento/Autor: Facundo Martinez

Esperó el momento justo de la noche, escuchó algo de música y fumó un cigarro mirando a los chicos desde el balcón que tomaban un refresco luego del fútbol.
De fondo, sin volumen, hacía luces la televisión mientras caminaba descalza probando algo de ropa.
Sin oportunidad, sin dudarlo y con algo de razonable vergüenza se supo acomodar la apretada calza que previstamente le superaba el ombligo. Se acomodó un corpiño deportivo y se paró en frente del espejo más grande. Metió panza, rezongó un poco, pero estaba perfecta.
Mensaje de una amiga: “Es el cumple de Ema, te pasamos a buscar”
– No, jeje, gracias. Hoy salgo con Alberto. (enviado)
Cual médica cirujana tenía todos los instrumentos para la operación pero algo le transpiraron las manos cuando no encontró las gomitas y el clip para el pelo. Hurgó en los cajones, se hacía tarde, negó su furia y llamó a la calma respirando profundo y simulando un pasito de baile, todo estará bien.
Buscó una remera de nylon, mangas largas, pulcera, anillo y cinturón.
Llamada perdida.
Abrió un escocés que compró para la ocasión y se obligó a tragarlo repetida veces. Ya iba por medio atado y estaba toda empetrolada de noche.
-: Hola, que cómo andas, que ganas de vernos, yo también te extraño, yo también te quiero, sé que en eso habíamos quedado, ¡pero cómo no llamaste antes…! si, yo tampoco, bueno no hay drama, salgo con las chicas, si, yo también te quiero, nos juntamos mañana a comer, besos gordo, adiós.
Lo más difícil eran las botas de caña alta. Vio la lista de almacén, clarito decía, “ponerse las botas antes que el cinto”, También se adosó la cola de gata y el antifaz.
Bajó sin demasiados artilugios ni premuras no sin antes recordar el sabor a whisky que hay en la botella mitad color caramelo.
Caminó un par de cuadras a la deriva, sintiendo como el músculo empujaba para expulsarse de la jaula de costillas.
Por fin decide ir al prostíbulo. Se planta en la puerta, rescata una bocanada de aire libre – porque todos sabemos que, del otro lado, el aire es esclavo – Odia al imbécil de la entrada que le mira las caderas, le guiña un párpado y le tira un beso.
Adentro hay un show de la tristeza y algunas luces. Señores que chorrean saliva entre el humo y los hielos.
Sabe muy bien que esto no lo ha hecho antes; una de las chicas, que es menor, que quiere ver a sus padres, que quiere vestir peluches y aprender a andar en bicicleta, la mira, “ésta que quiere, a que viene, quien es”.
Pasa por detrás del escenario como Juana por su casa, por el pasillo de los vómitos que lleva a la mazmorra, observa la cocina de la droga, y por fin, el cuarto del chulo.
Gran Terror. El Gerente de la miseria con música está con la madame y su mano derecha. Es tarde para pedir permiso.
– ¿Y esta quien es?
– No sé, pero mirá las gomas que tiene.
– ¿Quién sos?, dice la vieja.
Y tres disparos: PUM, PUM, PUM.
El desconcierto es generalizado: No pasará mucho tiempo en que las sirenas iluminen el muro clandestino, en que los gorditos salgan corriendo con los pantalones húmedos para sus hogares, a dormir con la transpiración fría y la conciencia cobarde, en que los policías se hagan los distraídos (así que acá funciona un cabarulo, mirá vos), en que la prensa publique la nota del día, en que las chicas rompan sus grilletes y busquen asilo lejos de todos; quien va a pensar que fue “gatúbela” quien lo hizo, quien va a darse cuenta que fue una estudiante de abogacía, que el calibre es 22 se sabrá, que las balas, por más que se trate de una pistola de mujer, matan los mismo.