Crimen Pasional

Juegan las ballenas en la costa. Sacás tus lápices y en el tablero buscás hacer la historieta del día. Varias veces me hiciste el cuento del tío y confié mis caricias a cambio de obras de humor gráfico. (Autor:Facundo Martínez)

Juegan las ballenas en la costa. Sacás tus lápices y en el tablero buscas hacer la historieta del día. Varias veces me hiciste el cuento del tío y confié mis caricias a cambio de obras de humor gráfico.

Yo estoy semidormido, con los pelos parados, enfundado en las colchas con cara de pocos amigos. Vos mirás a lontananza mordiendo los colores: hay un momento que se te ocurre algo, lo pintás y volvés a la cucharita dominical.

Igual falta. Sé con exactitud cuando caerá una idea en la trampa de tu cabeza. Pero estás desconcentrada, ansiosa, te miro por el rabillo de las sábanas; las ballenas tiran agua por sus espiráculos.

–         ¿Vamos a caminar por la playa, a tomar mate por ahí?, preguntás.

–         Mmm… tengo fiaca, 5 minutitos más…

Atención. Empezás a desgastar el lápiz , ondas circulares contra el papel. Seguro, pienso, son las viñetas del diálogo, te gusta empezar por lo más frágil, ajustarle el lazo a la idea para que no se te escape, llevarla al palenque, espuelarle las costillas para que se calme, para convencerla que es mejor el corral, la domesticación.

Falsa alarma. Es una caricatura de mi: ¡un vago con moscas entre las barbas!

–         Voy a terminar siendo un personaje de tus chistes, y te voy a cobrar derechos de autor, digo haciéndome el enojado.

–         Ja. Yo soy tu autora, vos me tenés que pagar a mí.

Odio que te quedes con la última palabra.

Estás hermosa, el sol de la mañana te queda justo, en las pupilas se te ve el mar y cada tanto una cola del mamífero salado se mete y sale por tu iris.

Aunque estemos de vacaciones, aunque Puerto Madryn es un paraíso y la  casa sea perfecta, estás empecinada en hacer  historietas para el diario. “Una por día, una por día”.

Me disfrazo de fantasma con el acolchado, suavemente te atrapo por la espalda y te tiro a la cama.

“No, no, salí,” me decís.

Primero empiezo mordiéndote los labios, estirando tus brazos con las ganas de atarte la muñecas, pero la lucha se hace pareja. Vos empezaste a rasguñarme la espalda y a inmovilizarme con tus piernas. Pasaste a estar encima mío, a respirar fuerte, a besarme los hombros y la nariz.

Es una guerra de mimos, que ni el César, ni Napoleón, ni Magno supieron hacer.

Sabés que los besos en la panza me paralizan, y tomás la ventaja, la iniciativa, hacemos de nuestras pieles un rincón de nubes humanas, una inocencia de niños. Te suelto el pelo, lo tironeo con cariño, te tapo los ojos, te picaneo con cosquillas erógenas, te torturo de placer.

Me amenazás con dejarme marcas, chupones que son cicatrices de la lujuria minimalista.

–         Tengo que dibujar, por favor…

La súplica desapareció ante el vaivén propicio, el desespero, la erupción de los secretos del espíritu; la quietud.

Mientras preparaba café y leía a escondidas tu chiste al lado del horóscopo,  me metí en tu ducha para darte una muestra gratis de mermelada con pan casero.

En el espejo del baño, en el vapor, hiciste un dibujo de 2 enamorados, de la mano, mirando una luna rara mezcla con símbolo de la paz:

–         “El único crimen pasional, es No hacer el amor”