Luces y sombras de las políticas inclusivas

Antes de los comicios de 2007, afirmaba en una nota periodística que Cristina Fernández no tenía enfoque de género. Tres años después, debo reconocer que los progresos sustanciales hacia la igualdad, la no discriminación y la no violencia que hoy observamos, solamente pudieron concretarse durante el mandato de una mujer. Quizá la contradicción política que vincula ambos conceptos, pueda ser un buen punto de partida para explicar los impactantes acontecimientos de los últimos 15 días. (Por Luis María Otero/Buenos Aires)

Siendo el concepto de Estado de una volatilidad tan inquietante como intangible, su presencia en nuestras vidas también lo es. Por eso, cuando pretende regular nuestra privacidad, nuestro discernimiento esencial, se vuelve peligroso. El sueño de todo dictador es gobernar no ya las instituciones sino las almas. Y por eso también, cuando las democracias republicanas modernas instituyeron el concepto de Estado de Derecho, sus precursores defendieron a rajatabla tres principios básicos como anticuerpos contra el autoritarismo: la autonomía, la inviolabilidad y la dignidad de la persona.

Pero es bien sabido que resabios del viejo despotismo filo-religioso y patriarcal se enquistan en las normas del Estado moderno, ya sea entorpeciendo el acceso a los recursos para ejercer el principio de autonomía, o directamente vulnerando la dignidad y la inviolabilidad, aun en términos de vida o muerte. Las mujeres saben mucho de eso, de ellas aprendí. Con la vida y la salud de sus cuerpos, vienen pagando desde hace siglos un tan injusto como escandaloso tributo.

En estos últimos quince días, tres hechos políticos importantes trajeron a la conciencia de los y las argentinas –por diversos caminos, no siempre tan luminosos- aquellos principios fundacionales del Estado de Derecho, así como las nociones sobre su fortaleza y su vulnerabilidad.

Un bálsamo

La Ley de Matrimonio Civil obró como un bálsamo en el espíritu inclusivo de las y los ciudadanos. Fue palpable la sensación de beneplácito entre la gente de a pie, en los bares, en los clubes, en las oficinas, en la calle… Como si de pronto hubiéramos encarnado en aquellos miles de hombres y mujeres que, por seguir el mandato de sus cuerpos y emociones, sufrieron siglos de difamación, reclusión social, obligada hipocresía e injusta segregación; ciudadanas y ciudadanos iguales a los demás, pero con menos derechos por imperio del Estado.

Creo, para graficarlo mejor, que tras la histórica sanción, todas y todos nos sentimos más buenos.

Bueno… no todos. Pero las catilinarias arcaicas de los grupos ultramontanos y los disparates pseudo-científicos, hicieron una invalorable contribución a la aprobación generalizada; vimos en ellos lo peor de nosotros mismos, de nuestra cultura reaccionaria (¿acaso todos los argentinos no sufrimos recientemente reclusión, segregación y violencia?), y con indignación celebramos la caída de los mitos homofóbicos.

En lo político, quedó plasmada la miserable soledad de la mayoría de las iglesias cristianas y la necesidad de profundizar el debate de la definitiva separación entre religión y Estado, por aquello dicho más arriba sobre los dictadores y las almas. Pero también puso en evidencia por dónde transcurre la ordenación intelectual de muchos dirigentes políticos de derechas que pretenden el Sillón de Rivadavia.

Claro que a esta epifanía laica contribuyeron significativamente los medios de comunicación: el confrontar el pensamiento de brillantes homosexuales y librepensadores con la negritud fundamentalista, definió no sólo el ánimo popular, sino el voto de varios senadores y senadoras con aspiraciones mayores al ridículo. Hasta los medios enemigos del Gobierno, debieron “guardar” en la gaveta a sus cavernícolas más elocuentes, para no seguir perdiendo audiencia.